domingo, noviembre 29, 2009

Cujo

Estoy con Galleta paseando. Son las 16:23 y estoy en un descampado lanzando una pelota con insistencia, a ver si consigo que Galleta llegue lo suficientemente cansada a casa como para NO comerse el sofá...

Suena el timbre del teléfono del trabajo.
Descuelgo y suena una voz masculina:
- ¿Srta. Tiri?
- ¿Sí?
¡Guau! ¡Grrrrr!
- Ehmmm ¿Te pillo mal?
- No, no, dime...
- Mira, que soy su cliente numero 143 y resulta que...
¡¡Auuuuu!! ¡Grrr!
Galleta ha decidido que la mejor opción para jugar conmigo es arrancarme precisamente el brazo que sujeta al teléfono, con lo que no me queda más opción que hablar con mi cliente mientras el teléfono pasa de una mano a otra.
A lo lejos oigo a mi cliente que grita:
- ¡¡Que si te pillo mal te llamo luego!!
- No, no... no hay problema, dime...
- Pues es que necesito que me vuelvas a enviar la documentación, pero esta vez en una carpeta naranja en vez de azul, que a mi médico...
¡Grrr!¡Grrr!¡Grrr!
Galleta ya está en el punto en el que no sólo tira de mi manga, sino que además me zarandea. En uno de los movimientos mi teléfono sale disparado entre unos arbustos.

Cagüenlamar, Galleta...
Ella mueve el rabo con emoción ante el movimiento de mis tobillos, a los que se engancha de inmediato haciendo más difícil moverme: ya casi repto.

Pienso en lo que debe de interpretar la gente que pasa por la carretera y ve a una mujer entrada en carnes con un perro de 35 kilos enganchado a una pierna intentado encaramarse a unos arbustos.
Los yonquis a mi lado deben de pasar completamente desapercibidos.

Cuando consigo llegar al teléfono, mi cliente está en silencio.
- ¿Hola? ¿amado cliente?
- Sí, sí, estoy aquí, pero ya si eso te mando un e-mail.
- Vale, sí, muchas gracias.
- Oye ¿Has visto la peli de Cujo? Igual aprendes algo...

miércoles, noviembre 11, 2009

Cucu

Llegas un día a la oficina y tu ratón no funciona.
Lo agitas, lo golpeas y te das cuenta de que no tiene pilas.
Pues vaya.
No, no... No es que se hayan acabado. Es que no hay pilas.
Me acerco al cajón de las pilas y, evidentemente, tampoco hay.
Bueno, pues nada.
Levanto la tapa del portátil y comienzo a frotar con emoción el único cachito sensible del ordenador.
Intento teclear en mi teclado inalámbrico y ¡Oh! ¡Qué cosas! Tampoco tiene pilas...

Ya me veo haciendo los informes para los clientes en tablillas de barro y enviándolas a través de FCM (Federación Colombófila de Madrid).

Me voy al baño y cuando vuelvo me han quitado el cable de alimentación del portátil. Me queda una hora de batería y, por ende, de jornada laboral. Son las 09:32. Estupendo.

Rastreo la oficina y por fin veo a mi inocente compañero. Me dirijo a él como un doberman y le reclamo mis pilas, mi cable e incluso mis dientes de leche.

"¡Mecagüenlamar! Como te lleves algo de mi mesa sin avisar, al jefe vas. ¡Hombrecoñoya!"

Veo su cara de estupor e incluso un ligero temblor en su labio inferior que me deja ver su miedo.
Me da igual.
No sabe con quién se las está jugando.
La gente no tiene respeto ya ni por los peatones.
No hay compasión.

Mi jefe emerge de su dorado rincón de poder.

"Tiri, que a ver si compras pilas que ya no tienes... y por cierto, esa lámpara que tienes ¿tiene la misma bombilla que mi lámpara esa que se fundió?"

Y por eso es por lo que escondo pilas detrás de la botella del amoniaco, que es un sitio donde seguro, mi jefe no mirará. Es por eso también por lo que he llegado quitarle todas las pilas a mis periféricos y traérmelas a casa.

miércoles, noviembre 04, 2009

Habemus cuenta en Facebook

Nos días.
Por decisión unilateral de mi vecina (y manager) Chop, La Mujer Tirita tiene cuenta en Facebook.
No prometo nada porque me ha llevado una semana poder poner un mensaje en el muro (o algo).

De todos modos, yo lo que voy a seguir actualizando (poco) es el blog...
Hale, voy a seguir sodomizando becarios.

lunes, noviembre 02, 2009

Él nunca lo haría

Desde que Galleta ya no lloriquea cuando tiene que caminar más de dos kilómetros, he cogido la sana costumbre de salir con cierta frecuencia al campo. Me voy sola a pesar de que la mayor parte de la gente cree que caminar sola por el campo es MUY peligroso y es poner en evidencia que eres una persona triste y solitaria.
En mi caso, lo que pone en evidencia es que mis amistades son una pandilla de vagos (desde el cariño).

Así, ayer cogí a Galleta y un bocata de jamón y me marché a la sierra de Madrid, a coronar una pequeña montaña.
Galleta disfruta mucho en el campo, dedicando sus esfuerzos a la caza menor (léase saltamontes, lagartijas y hierbas) mientras yo me voy dejando los pulmones en cada pasito. Vamos, una imagen de lo más bucólica. Sin embargo, ayer se dio una situación ciertamente estresante.

Caminábamos ambas dos ladera arriba cuando, torciendo una curva, nos encontramos con unas 117 terneras que pastaban tranquilamente en un prado. Yo, conociendo a mi bestia, procedo a ponerle la correa y ella, notándose bajo mi protección (todo el mundo sabe que soy el terror de las vacas) se crece y se convierte en Cujo.

Sé que las vacas son de naturaleza tranquila y que lo más que hacen es mirar con esos grandes ojos de huevo. Sin embargo hay que contar con el factor imprevisible del concepto “cachorro”.
No conozco a un solo cachorro de ser vivo que no se pueda considerar temerario.

De repente de entre las 117 vacas, una ternerita blanca, despeluchada y con unos tímidos cuernecillos (del tamaño de mi brazo) se levanta y decide que hemos de ser considerados seres muy peligrosos, de tal modo que al grito de “mu” se lanza en pos de nosotros.
Yo no soy especialmente miedosa con los bichos, siempre y cuando no pesen dos toneladas, así que, sí, me inunda el terror y al grito de “¡Corre Galleta, por tu padre!”, comienzo a correr emulando a Fermín Cacho.

Nuca creí que fuese capaz de saltar vallas mientras arrastro a un bicho de 32 kilos, es increíble la fortaleza que saca el ser humano cuando es perseguido por una ternera asesina.
A todo esto, Galleta lo único que debía de pensar mientras miraba a la vaca es “¡Oh! Qué gran culo para olisquear…” porque ladraba con curiosidad mientras movía el rabo a una velocidad de vértigo. Estoy segura de que si la hubiese soltado, hubiese sido capaz de robarme el bocadillo para llevárselo a la ternerita como invitación a jugar.

Efectivamente varias horas después pude comprobar con mis propios ojos cómo Galleta corría alrededor de una vaca llevando entre sus fauces un palo con la sana intención de jugar. En esos momentos, si pudiese me haría un corte de mangas, lo sé. Últimamente me acuerdo mucho del anuncio ese de “Él nunca lo haría”, pues bien… Galleta sí lo haría.

 
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