miércoles, septiembre 30, 2009

Intenné

Hoy empieza mi señora madre un curso de Internet. Teniendo en cuenta que no acaba de entender el mecanismo de un fax, miedo me está dando.

Por supuesto, ya nos hemos puesto de acuerdo todos los hijos en que NO le vamos a comprar un ordenador, que NO le vamos a dar clases particulares y que NO vamos a facilitarle ninguno de nuestros correos electrónicos (al menos los reales).

Mi madre lo sabe y le parece bien.

Pienso llevarme una grabadora para poder transcribir letra por letra en este blog la explicación de qué han hecho el primer día.

martes, septiembre 22, 2009

Por fin vuelvo...

Como en casa de Mamá Tirita. Mientras ella intenta comer, mi joven sobrina se encarama en su regazo mientras golpea insistentemente el cráneo de mi señora madre con una pala.
Pienso en cuántos hijos adultos desean hacer eso alguna vez.

- Mamá, no dejes que te haga eso...
- ¿Por qué, si es muy graciosa?
CLONC, CLONC, CLONC
- Porque algún día verá natural atizarte con un bate de beísbol...

En mi casa nos educaron en la cultura del terror. Cuando tu madre te decía "tú verás", significaba que hicieses lo que hicieses acabaría todo dolor físico o, lo que era peor, dolor psicológico.

En plena edad del pavo sufrí una significativa "pasión de urraca", esto es: adoraba cualquier abalorio que tuviese el color chungo del "gold-field", el invento para los pobres quiero-y-no-puedo, o directamente del cobre bañado en... mantequilla. Iba yo por la calle brillando por mi presencia.

Por supuesto, mis más preciados bienes eran los de plata y en especial un anillo que era tan grande como mi cabeza.

Un día, mi preciada joya desapareció en casa. Me levanté y ya no lo encontré donde me lo había dejado la noche anterior. Anduve con la esperanza de que apareciese tal y como había desaparecido, pero no.

Cinco años después, para mi cumpleaños, Mamá Tirita me hace entrega de las tradicionales bragas de cuello alto y un pequeño paquetito. Era el anillo, sí. Su único argumento para regalarme un anillo previamente robado era que así aprendería a dejar las cosas en su sitio. No sé si "por su sitio" entendía mi dedo o la nevera o la caja de galletas (con galletas) donde se esconden las perlas de Mallorca.

Partiendo de esa premisa, vivíamos en mi casa con el miedo del robo interno. El principal problema era que para evitar que alguien "te robara" el paraguas o las plantillas de los zapatos, todo era escondido con tal meticulosidad que finalmente cuando lo necesitabas no lo encontrabas.
Así, abrir cajones en casa de mi madre es toda una aventura. Debajo de los cubiertos, en la cocina, podíamos encontrar la cartilla del banco. Entre las mantelerías estaba discretamente escondido el perfume que le regalaron por reyes y que ella consideraba "mu güeno". Debajo del sofá había un paraguas. Detrás de las cortinas del comedor, detrás del radiador había unos auriculares Casio que estaban ya inservibles.

Y han pasado los años, y a pesar de que vive sola, sigue haciendo exactamente lo mismo. Ha llegado a confesar que había perdido un reloj de oro que alguien le regaló para su boda. Y no, no estaba debajo de los cubiertos, pero los cascos de Casio siguen allí.

 
ecoestadistica.com