lunes, marzo 31, 2008

Ñeeeeeeeeeeeeeeee

Desde que me cambié de trabajo, vivo en la pura endogamia de una empresa de tres (3) personas.

Creo que estamos entre la clasificación de "autónomo-con-apendices" y la "nanoempresa". El hecho de estar todos los días trabajando con las mismas dos personas hace que nuestro limitado lenguaje se convierta en un microcosmos donde se utilizan escasamente 10 palabras.

A saber: café, cliente, oferta, factura, reunión, teléfono, güisqui, sueño, competitivos y picatoste.

A estas palabras, hay que añadir las coletillas que nos hemos ido pegando y que dificilmente nos sacamos. Son:


1.- Fenomenal

De este modo, se dan las siguientes conversaciones en la oficina:

- ¿Has reclamado tal pedido?
- No, mierda, se me ha olvidado.
- Me parece fenomenal, joder.

Que como todo el mundo puede ver, pega en nuestro contexto como a una monja dos pistolas.
Obsérvese el buen uso de los tacos, de los que sí tenemos una amplia gama.


2.- Correcto.


Pues sí, en vez de decir "eso es" o "perfecto" o "exacto", con lo bonita que es cualquiera de estas locuciones o palabras, ahora, parezco salida del ejercito armenio y sólo soy capaz de decir "ok" y "correcto", "Charlie te copio; el pajaro ya está en el nido".

Yo he aportado algo úlil y gráfico como es el "ñeeeeeeeeeee", así, con una "e" muy larga, y el entrañable "mecago'ntupadre" y el "no obstante", que hace poco lo puse en un correo electrónico, y supuso un cisma en la oficina porque me dijeron que era redicha, "recursi" y rebuscada.

"Negativo", dije yo mientras buscaba mi AK47 en el bolso.

No obstante, a mi me parece fenomenal, porque la persona que me reprendió, me pasó una nota que ponía "Te ha llamado Antoño".

Fabuloso.

jueves, marzo 27, 2008

Aura golfa

Soy la única persona con la que me he encontrado (porque sí, yo a veces me encuentro) que le gusta el metro.
Dejando a un lado el olor a choto, me encanta porque en el metro no tienes nada mejor que hacer que leer, escuchar música, pensar en el EURIBOR o huir de los predicadores o de los pervertidos (o no).

El caso es que habitualmente, de todas estas actividades, yo elijo la lectura y me gusta hacer el recorrido en el metro leyendo y que nadie me moleste. De ahí mi odio mortal a todo jovenzuelo que decide que es estupendo ir escuchando música sin cascos.
Es como si yo de repente decidiera compartir con todos mis congéneres mis escasas habilidades para cantar, recitar a Jorge Manrique o tocar el tambor. ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay? ¿Compartir es vivir?

El caso es que ayer, en la estación de Sol, estaba yo dispuesta a trepar hasta el vagón cuando apareció de la nada, un señor de estatura aproximada de 57 ctms.

Dejo que pase delante de mi, no por nada, sino porque estaba primero.
Me mira y me da las gracias.
De nada.
Entra.
Se sienta.
Le cuelgan los pies.
Normalmente, a mi también.

Le miro.
Me mira.
Me habla, "Hola", dice.
"Hola", digo.
A bocajarro, sin piedad, me coloca la siguiente frase: "Estás buscando un cambio en tu vida. Necesitas un cambio, lo noto en tu aura".
Me observa con intensidad, así como si estuviese leyendo en mi colon a través de mis ojos.
"Como toda la humanidad", digo intentando esconder mi aura en el bolso. "Jolín, que no me va a dejar leer", pienso.
"Eres muy observadora. Te fijas en cosas que la gente no se fija. Lo he detectado en seguida", apunta.
"..." digo. "Lo dice porque me he fijado en que le cuelgan los pies, fijo, soy lo peor como ser humano, a pesar de ser lo mejor como mueble bar, eso sí", pienso.

"¿Puedo hablar contigo?", me interroga.

El vagón está pendiente de esta conversación. El hecho de que el señor esté sentado y de que yo esté sorda como un huevo, no ayuda nada, ya que yo me agacho todo el rato y él me grita.

Todo el mundo está descojonado, impaciente y, a la par, expectante. Somos una escena costumbrista muy simpática. Me siento observada y estoy roja como un langostino.

"Joder - joder" pienso y casi digo.

En este punto, soy consciente del doble filo: si digo que no a su invitación, la totalidad del vagón va a pensar que lo hago porque el señor es tan alto como mi lavadora. Si digo que sí, se me va a colgar como un periquito, cosa que no me apetece un carajo porque llevo unas 13 horas fuera de casa y estoy tan sociable como un caimán.

"Claro, ya estamos hablando" respondo.
"¿Quieres tomar un café?", se aventura.
"No, gracias".
"... ah..."

Un silencio incómodo reina en el vagón y parece que el traqueteo del metro pasa a un segundo plano y se oye el viento silbar como en una escena del salvaje oeste mientras un cardo ruso cruza por la escena...

¿Por qué?

¿Por qué mi aura? ¿por qué me puede ver el aura y no detecta las pocas ganas que tengo de charlar? ¿Es el metro un buen lugar para ligar? ¿Es cierto que en Madrid somos bordes y es muy difícil relacionarse? ¿Hasta dónde puedes llegar en una conversación para ser educada y agradable y no dar pie a un cortejo indeseado? ¿Ein?¿Ein?

martes, marzo 18, 2008

La Leche.

Escucho el nuevo disco de Van Morrison de rarezas en mis nuevos cascos inalámbricos mientras recojo la cocina y me preparo un café.
Empujo la puerta del microondas y el “boom” concuerda con una de las notas-rompe-ritmos que suena en mis cascos.

Marco el ritmo con los pies mientras mi taza de faralaes danza dando vueltas con sus lunares bajo la luz. Comienzo a mover las caderas mientras suena la armónica que acompaña al piano del arisco Morrison.

Y canto: “guachiiiiiiiiiiiii guachigú”. Con la taza en la mano y ritmo de blues en los pies, comienzo a contonearme como solo me contoneo cuando estoy sola. Me voy poniendo el disfraz de Michelle Pfeiffer en "Los fabulosos Baker Boys".

Punta – tacón, punta – tacón. Comienzo a andar estirando los empeines de los pies y hago pequeños molinetes con los brazos con la taza como acompañamiento y con los cascos que me dan un insigne aire de fallera.

“Agüchigüachigüá”

Comienzo a frotarme por los marcos de las puertas a lo Kim Bassinger en "Nueve semanas y media". Muevo coquetamente la melena y pongo morritos.

Imagino a Van Morrison moviendo las cejas por encima de esas gafas de sol y marcando el ritmo mientras toca el piano.

“agüachingtobechinding”

Estiro el brazo acariciando el marco de la puerta y comienzo a bajar suavemente arrimando lo que vulgarmente se llama, “la cebolleta” al marco.

Dejo de bajar suavemente para hacerlo de golpe mientras mis pies resbalan como su tuviesen ruedas y caigo "a plomo" como un saco de estiercol... y caigo en que esta mañana vino Paula y ha debido de encerar el suelo con mucho esmero.

Por el suelo rueda el café, la taza de faralaes que lo contenía, Kim Bassinger y la Mujer Tirita y su cebolleta.

Lo único que no se ha movido de su sitio son los cascos, que parecen soldados con plomo a mis orejas.

La mancha en la alfombra me hace recordar porqué soy documentalista y no “stripper” y es que la barra americana no está hecha para chicas de piernas cortas y codos flojos.

domingo, marzo 09, 2008

El derecho a voto/veto

He ido a votar con Mamá-Tirita que, muy enfadada, ha regañado a los señores de la mesa por poner las papeletas "amarillas" tan grandes y unos sobres tan pequeños, a lo que los señores de la mesa, con desgana, han respondido que sí, que este año votaban para el senado sólo los aficionados a la papiroflexia y que ellos estaban hasta los cascabeles de meter los sobres con calzador en las urnas y de soportar las quejas de señoras con codos afilados.

Mamá Tirita ha confesado que se ha hecho fan de La Casa Azul y está muy enfadada porque no va a Eurovisión. Me dan escalofríos al pensar que compartimos gustos musicales.

Esta semana, por fin, se estrena Mandarina tal y como tenía que ser. Ahora ya es un "fanzine gafa-pastoso de bonito diseño", como las normas digitales de "interné" mandan.

Cuando empecé allí, pensé que me lincharían por verter mis opiniones de rubia sin criterio, que los fans de Rebecca aún me acosarían y que Hermida, como presunto padre biológico de la rubia, se desgreñaria en mi honor... ni un comentario, oiga.
¡¡Qué cosas!! Por dios, que echo de menos incluso a los trolls...

Y con esto de escuchar tanta música, he adquirido unos cascos de esos de "dillei" que cubren todas las orejas, que son inalámbricos y que dan ganas de utilizar todo el rato porque dan mucho calorcito.

Según voy adquiriendo consumibles tecnológicos, me voy dando cuenta que están hecho para un perfil de cliente muy alejado de lo que yo soy y/o tengo.

Mientras mis cascos inalámbricos tienen una cobertura de 200 metros, mi casa puede tener una longitud de 7 metros, es decir, que yo puedo poner la música en casa y bajar al bar con los cascos a comprar tabaco (Ah!! no!! que no fumo!!) o drogas o una tapa de chorizo de esas que se mueven solas por la barra, y mientras, escuchar mis discos de Jose Luis Perales.

O incluso bajar al gimnasio con los cascos sin necesidad de bajar el iPod. Aunque, todo sea dicho de paso, portear los cascos mucho tiempo, ha de implicar echar una testuz como la de una vaca, que pesan dos diccionarios de la RAE.

Y no digamos nada de los mandos de la Wii, que puedo jugar a la Wii desde mi casa con la consola en casa de mi vecina Chop.

Mis vecínos y yo, podríamos compartir una línea de teléfono y varios terminales e incluso la ADSL si no fuese porque por seis euros puedes perder la vida dependiendo de con quien te cruces.

Sin embargo, lo mejor es el mando de la tele, que, y esto está comprobado empíricamente, puedes cambiar los canales desde cualquier punto de mi casa, incluida la ducha, lo cual es, sin duda, de gran utilidad.

 
ecoestadistica.com