martes, octubre 30, 2007

[Modo Hibernación ON]

Ayer hice acopio de alimento para pasar el invierno metida en mi cueva y tirando de mis reservas.

Como alimento, entendamos dos palets de libros, incluido el nuevo de Irvine Welsh que pienso devorar con ansia, gula y mis gafas.
Y como reservas, entendamos... eso: los reservas, los crianzas y mis güisquis.

Yo ya estoy en modo invierno. Me cuesta sangre y sudor salir de casa y socializar es una actividad harto agotadora a la par que poco fructífera, así que paso los días hecha un ovillito en mi sofá leyendo, comiendo y leyendo.

Y aunque a muchos les parezca imposible...FELIZ.

Así pues, ayer hice un pequeño esfuerzo y tras la última provisión de libros en FNAC, me fui al concierto de The Wombats.

Me lo pasé como hacía años con The Wombats, con Ros y con los adolescentes imberbes que poblaban la Sala Caracol. Cuando yo aún no tenía barba e iba a los conciertos, lo vivía como una gran experiencia. Ayer los jóvenes lampiños se limitaban a magrearse y pegarse lenguetazos en la tráquea sin hacer caso al trío de esforzados mancebos del escenario ¡¡Cuánto amor!! ¡¡Qué pasión!! ¡¡Qué pereza!!

Disfruté mucho. Bailé mucho-mucho. No fumé nada.

Al final del concierto, como ya es tradición en la Sala Caracol, Ros y yo nos lanzamos como dos groupies inconscientes a por el setlist y mientras yo gritaba "esquiusme", Ros utilizando el lenguaje universal (lo que viene a ser mover mucho los brazos y sonreir) consiguió hacerse entender.

Y me fui con el setlist, pero sin la camiseta "marcapezones" (talla XS) que me suelo llevar de los conciertos, influencia del alcohol y de la distorsión de a realidad (que me debo de ver como la Chifer en esos casos).

Las cosas ya no son lo que eran... antes los grupos, escribían sus listas de canciones para el concierto a mano, con letra grande. Ahora no. Ahora es todo fruto de impresoras a color. No me imagino a The Ramones con su setlist en Times New Roman 28. Bueno, de hecho no me imagino a The Ramones con un setlist.

En fin, que a partir de este preciso instante solo saldré de casa cuando me apetezca mucho-mucho o cuando no tenga nada que comer (en el sentido amplio del término).

Por lo pronto el miércoles voy al concierto Mark Olson, a escuchar su nuevo disco fruto de la desesperación tras divorciarse de su amada mujer y de sufrir el suicidio de su padre. Vaya, una alegría de disco, que no sé si llevarme la Smith & Weeson del calibre 38, 45 paquetes de kleenex, las drogas o invitarlo a casa a comer pollo con curri para que sepa de verdad lo que es sufrir.

jueves, octubre 18, 2007

Los Increíbles

El miércoles me persono en el Círculo de Bellas Artes a las 19:12.

Me sitúo en la fila de la taquilla para recoger mi entrada de "El Circo Invisible", cuyos ejecutantes son: una elástica Chaplin y su maridín pelanas.

Consigo mi entrada: Fila 3 Butaca 24.

Sale a mi paso una francesita estupenda con ajustado vestido negro y zapatos de tacón.
Me conduce a mi fila y, en la que parece mi butaca, hay una mujer. La miramos con reprobación, como si hubiese matado un perro (más o menos).

La francesita, saca el Napoleón que lleva dentro y la echa con cajas destempladas de la butaca a pesar de que ella misma la había colocado dos minutos antes.

Yo cuento, y, por delante, me salen tres filas, pareciéndome que estamos en la cuarta, pero como soy de letras y no soy francesita ni llevo un ajustado vestidito negro, me callo y me siento.

La señora "delincuente" que ocupaba mi butaca, da vueltas desconcertada como un espermatozoide en una sopa de fideos.

A los pocos minutos vuelve la gabacha y me pide la entrada. Se enfada. Estoy mal sentada.
Me echa de mi butaca y me añado a la sopa de los desconcertados que por lo visto ya alcanzamos el número de cinco (5).

Cuando por fin me siento donde me parece, la señora de mi derecha tiene una entrada que corresponde a la fila 5 y la pareja que tengo detrás tienen la fila 2.

Y comienza EL espectáculo.

El mejor momento pudo ser cuando comenzaron a sacar orondos conejazos de sombreros. Ipso facto yo bauticé al más grande como Claudio y tuve grandes tentaciones de saltar al escenario y correr con el conejo entre... los brazos.

La Chaplin comienza a tocar una "flauta con teclas" y por el escenario empiezan a desfilar un enorme coro de patos.

Que gracioso.

Es gracioso hasta que un asustado pato levanta el vuelo y aleteando, se dirige directamente hacia mí.

Yo sufro pánico a los patos y a los pavos por culpa de mi madre, y no es que lo diga Freud, es que lo sé.

En ese momento, dos cosas me angustian:

1.- Me siento observada por "chorrocientas" personas y unos ojos con los genes Chaplin.

2.- Temo por mi integridad física ante la posibilidad de morir de traumatismo cráneo encefálico al ser golpeada por un pato.

Comienzo a hacer el molinete con los brazos susurrando "No, por Dios". Agito mucho los brazos a ver si el proyectil con plumas decide cambiar su trayectoria, pero el pobre bicho en la oscuridad de la sala, no debe de ver ni torta, así que opto por cambiar yo mi posición haciéndome un bicho bola en mi butaca.

Creo que nunca en mi vida he sido menos voluminosa.

El resto de los patos parecen decirle "Cuac-Alfonso-cuac-¿dónde vas?-Cuac" mientras alguno desciende del escenario ordenadamente y se cuela entre el público.

Y eso. Allí permanecí hecha un ovillito hasta que estuve fuera de peligro del pato letal.

Ni que decir tiene, que pasé del pánico a la vergüenza más horrorosa cuando vino un niño de 6 años a recoger al bicho y yo estaba aún temblorosa por culpa de un indefenso patito.

Fue un espectáculo alucinante y de un buen gusto sorprendente.

Y cambiando de tercio, me he terminado La Carretera: a pesar de ser tremendamente angustioso, es uno de los mejores libros que he leído (aunque soy una rubia sin criterio).

miércoles, octubre 17, 2007

Absurdos familiares

Mi relación con Mamá-Tirita ha perdido mucho desde que no vivo en casa.
Hablamos menos y casi siempre por teléfono. Al menos me evito las persecuciones por los pasillos.

- ¿Y que tal mis hermanos?
- Pues los dos en casa con "graminias" en la cabeza...
- ¿Gramíneas? ¿Que se han puesto el gorro arrocero o cómo?
- Sí, esa cosa con la que empiezas a ver pajaritos y los ojos te hacen chiribitas y tienes ganas de meter la cabeza en una bolsa de basura... vamos, eso es lo que dice tu hermano que le pasa...
- Migrañas.
- Eso he dicho.
- Son "mu" malas. Carlos las tuvo...
- ¿Quién es Carlos?
- Tu primo ese que no ves desde que tenías 7 años. Pues Carlos las tuvo y hasta que no le operaron del codo no se le quitaron... sería por la anestesia, supongo.
- Es posible.

martes, octubre 09, 2007

Las rubias no somos tontas.

Hace años que tengo la sensación de ser una de esas mujeres que contribuyen a los chistes "machistas" (que por cierto, me suelen hacer bastante gracia).

Hace un par de años, me ofusqué saliendo del parking de un Corte Inglés y tras intentar mil veces sacar mi coche de una rampa, acabé por bajarme sin perder los anillos y dirigiéndome al macho ibérico del coche de atrás, musité: "Si no quieres que te siga dando golpes al coche, es mejor que saques tú mi bólido”.

Tras parar mi coche en lo alto de la cuesta, el fornido muchacho me dijo: "Al menos te podrías poner la L de novata". Lo que no sabía el sagaz zagal es que yo hacía unos diez años que tenía el carné de conducir y lo usaba para más cosas que para exhibir mi foto de morena.

Cuando estuve en Tenerife me perdí en un parking y pasé tanto tiempo dando vueltas que tuve que volver a pagar el ticket (esto es completamente verídico y vergonzante)

Cosas como estas me pasan a diario.

Ésta semana me persono en FNAC para consumir mi dosis semanal de series y libros.
Entro en el parking. Me pego tanto al cachorro-escupe-tickets que me subo al bordillo. Otra muesca en mi neumático.

Asomo medio cuerpecillo por la ventanilla y presiono el botón.
No sale el ticket.

Mierda de máquinas.

Vuelvo a presionar el botón.

Indiferencia.

Mantengo presionado el botón mientras maldigo cualquier engendro mecánico.

De repente una voz sale del maldito aparato: "Seguridad ¿¿Qué le pasa??"

Mi cara se convierte en una ensaladilla rusa, con toda la gama de colores y se me van cerrando los ojillos mientras de mi boca quiere salir un "Perdón" y solo sale un "Ñiiiiiiii". Hay dos botones: el verde y el rojo ¿Por qué el rojo? Una rata de laboratorio hubiese pulsado el verde.

La rubias no somos tontas, las rubias no somos tontas...

miércoles, octubre 03, 2007

El desastre.

Ayer tuve una reunión con un grupo "gafapastil" para colaborar en la creación de "algo" escrito y en papel. Presumo que me pagarán y asumo que poco.

Con la euforia del momento comencé a consumir cervezas como si el fin de la Mahou estuviese cerca y de repente.... nos vamos.

Me monto en el Metro dispuesta disfrutar de la lectura mientras pasan tantas estaciones como chinos hay en China.

Leo: "...el tercer hombre, había entrado en la casa y, no se sabe muy bien cómo, había conseguido acabar con la cabeza atrapada en un jarrón de loza..."

Necesito ir al baño.

Me quedan 7 estaciones de metro. Me arrebujo en mi asiento intentando distraer a mi cerebro para que no piense en el dolor y en la presión que tiene mi vejiga, que a estas alturas debe de parecer un pez globo en su mejor momento.
Un segundo y dos décimas después me doy cuenta de que necesito ir al baño URGENTEMENTE.

Comienzo a sudar con fruición y decido levantarme y pasear por el vagón mientras leo: "Es usted un vil paramecio. (uyuyuyuy) Le ofrezco una participación de diez mil (joderjoderjoder)…" levanto la vista de mi libro y todo el vagón me mira esperando que comience a cantar una canción de Medina Azahara o a pedir limosna porque esa puede ser la única razón para que alguien esté de pie en el metro.

Llega el momento crítico en el que aprieto las piernas. Todo el mundo sabe que, llegado este momento, ya no hay vuelta atrás, ya no podrás separarlas si no es para miccionar (o hacer pis, vaya). Así me bajo del metro, como si fuera una tullida con una pierna gorda acabada en dos pies. Me cimbreo hasta la salida susurrando "ayayyauyuyuyuyussssshhh" y cuando por fin respiro aire fresco, me encuentro en el único barrio donde no hay un bar en un radio de 500 metros.

Ya está. Me voy a morir aquí y ahora.
Tomo la decisión y la ejecuto.
En el primer rincón en penumbra que encuentro me bajo los pantalones y diciendo "que sea lo que dios quiera"… me libero.
Cuando levanto la vista aliviada, con la frente perlada de sudor frío, me doy cuenta de que estoy justo al lado de un semáforo que, como no podía ser de otra manera, está rojo.
Una pareja en un coche me pita, un motorista me saluda y hace su aparición la policía local. Mi humillación no me permite levantarme y saludo cual infanta.

Pero ahí no acaba el drama en dos actos.

Me monto en el metro la mar de relajada para proseguir mi camino.
Leo y me entero. Ya no solo son letras.
Cuando levanto la cabeza me he pasado mi parada y estoy en el final de la línea.
Miro la hora. 00:09. El metro en dirección contraria acaba a las 00:00.

Vale.

Salgo del metro y me encuentro en medio de la nada o lo que es lo mismo: un PAU.
A lo lejos, solo vislumbro edificios en construcción y grúas, todo es igual. No hay referencias así que me pongo a andar un poco al "tun-tun" confiando en que alguien me secuestre.
A los tres minutos abren una presa (o algo) y el cielo comienza a jarrear convirtiéndome al principio en Miss Camiseta Mojada 2007 y al final en una rata de agua.

Esto me pasa por salir de casa.

 
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